Lo peor de este mito es que es fácil tomarlo por cierto, porque puede tener una verdad: el acoso (escolar, laboral), como cualquier adversidad a la que nos enfrentamos, puede servirnos más adelante para poner en perspectiva las siguientes dificultades que nos traiga la vida, o como excusa para revisar y cambiar cosas que, cuando nos sentíamos bien con nosotros mismos, ni sabíamos que no funcionaban.

Pero hay que matizar: para empezar, en la mayoría de casos de bullying, diría que la víctima no tenía nada que cambiar. Que si intentásemos extraer una moraleja de su maltrato, sería «no seas tan tímido», «no tengas gustos tan raros», «parécete más a tus abusadores».

Imagen del abusador

Para eso quiero exponerlas.

«El bullying te ayuda a fortalecer el carácter»... Bueno, os voy a explicar lo que he observado que hace el bullying a la gente en realidad:

Cuando sufres bullying, sientes un desconcierto total de por qué te están haciendo esto. Llegas a la convicción de que es porque te lo mereces, porque eres muy frío, o muy pesado, o muy tonto, o muy aburrido, o muy raro. La voz de tu maltratador cala en tu mente y se convierte en la tuya propia; interiorizas sus insultos y los adoptas como opiniones tuyas. Este sentimiento de culpabilidad enraíza tan fuerte, que tomas la decisión de que debes cambiar tu forma de ser. Pero cuando pasa el tiempo y tus intentos fracasan, concluyes que hay algo en tu persona que la hace intrínsecamente incapaz de ser amada, así que te tienes que resignar.

Sufres ataques de ansiedad en cuanto ves a los autores de tu acoso, o cuando oyes su voz, o cuando te parece que les has visto al fondo de la calle. Los mismos ataques que te paralizan cuando te cruzas con un grupo grande de niños o adolescentes a los que ni siquiera conoces, solo porque te recuerdan a aquellos que te atacaron. Cualquier risa, cualquier comentario, en tu cerebro no cabe duda: hablan de ti.

Comienzas a verte a ti mismo como una presa, dependiente de la voluntad de los depredadores; ese es tu rol en el mundo. Te crees totalmente desarmado, y lo peor de todo es que, en estas situaciones, es verdad: te atacan cuanto les apetece y no puedes protegerte de ninguna manera. Ni nadie puede (ni tampoco es que quiera, por lo general), hacerlo por ti.

Reunión con gente riéndose

Llegas a pensar que literalmente tiene que haber algo en ti que te hace invisible, porque no es normal que hayan pasado meses desde la última vez que alguien de tu clase pareció percatarse de tu presencia. Después de tanto tiempo deseando desesperadamente que alguien te hablase, cuando al fin sucede, ¡sorpresa! ¡Ansiedad! Ni siquiera recuerdas cómo se interactuaba con la gente, te pones nervioso y acabas rehuyendo cualquier contacto para volver a tu burbuja. Porque tu burbuja es solitaria y deprimente, pero al menos ya estás acostumbrado a ella y es mejor que tener que pasar por el nerviosismo de que te exijan hablar.

Te autoconvences de tu propia condescendencia, de que te crees superior a los demás, cuando en realidad es el típico despreciar del que se siente despreciado.

Y suprimes tus propios sentimientos para no verte nunca más desplazado, ni intimidado, ni nervioso, ni inseguro. Hasta que esta dejadez te consume al punto de no anhelar nada. Nada te interesa realmente, para bien o para mal...

Aunque en realidad no sea así.

Aunque todo esto sean mentiras que no te confiesas ni a ti mismo.

Pero el tiempo pasa, cambias de entorno, haces amigos, tus problemas se desvanecen, se acaba la pesadilla… o no. Descubres que eres incapaz de sentirte parte de un grupo, o cómodo dentro de un grupo, por un tiempo prolongado. Te persigue la certeza de que en realidad tus amigos no te soportan. Ninguno, aunque nunca te lo diga. Eres muy borde, o muy aguafiestas. Y si no estás solo ahora, es porque vas a quedarte solo dentro de muy poco.

Grupo en el parque

Tienes la impresión de que eres incapaz de ser tú mismo cuando estás rodeado de gente. Cada vez que hablas en voz alta pierdes el control de tus pensamientos, y así dices cosas que te hacen quedar como un imbécil o un capullo, y vuelven otra vez las ganas de no abrir la boca nunca más.

Por todas estas cosas, sufres un miedo constante a perder la amistad de las personas que te rodean. Les pides perdón por cualquier motivo, les preguntas (si te atreves a preguntárselo) si os habéis distanciado, porque parece que lleváis dos semanas hablando «menos que antes».

Así que… no.

Por ahora parece que los superpoderes cósmicos de nivel 10 que te otorga haber sufrido bullying no salen por ninguna parte. Más bien, da la impresión de que el bullying anula capacidades que tenías y te crea problemas que antes no estaban ahí.

Pero pongámonos en una situación hipotética: si existiese alguien a quien el acoso no le hubiese dejado ninguna secuela (yo no le conozco, pero puede existir, quién sabe) y tan solo le hubiese dejado sabiduría, ¿eso quiere decir que tuviese que darle las gracias a sus abusadores? «Me disparas pero esquivo la bala, así que ¡gracias por no conseguir tu propósito de matarme!»

SuperpoderAunque el bullying enseñase a la víctima a ser más fuerte, el agresor seguiría siendo un agresor. Su intención no era ayudarla, era aprovecharse de ella. Otra cosa es que no le saliese la jugada.
Como tal, merece ser castigado por sus actos, al margen de si la víctima consigue o no rentabilizar lo que le hizo.

Y ese es precisamente el problema de la afirmación «El bullying te ayuda a fortalecer el carácter»: que no es inocente, que se emplea para exculpar a los atacantes y, es más, ponerles en posición de superioridad, de maestros sobre sus víctimas, que, sin ellos, son ineptas e incompletas.

Pero, como he dicho, el acosado no es la única persona implicada en la situación, así que basta de lo que le enseña a él. ¿Qué le enseña al acosador?

Que puede machacar y exprimir a la gente para sacar poder social, autoestima. Y no está mal. Total, si nadie le castiga no puede estar mal.

Y la víctima no va a castigarle porque no puede, y la autoridad no va a castigarle porque ¡entiende que está haciendo un servicio social! ¡Si le está haciendo un favor al chiquillo! ¡Mira cómo aprende a ser más extrovertido y seguro de sí mismo, gracias a que le maltraten, aislen y demuestren que está totalmente desarmado!

Por cierto, si ves a una persona que sufre bullying y sientes el deseo de aconsejarle «ignórales, ya se aburrirán», antes sigue estos pasos:

  1. Toma aire.
  2. Tírate por la ventana.

En serio, serás más útil. Porque ignorarles (es decir, dejarles actuar a sus anchas sin responder de ningún modo) es, probablemente, lo que el niño lleva haciendo durante meses. Es lo único que siente que puede hacer, y tú se lo estás confirmando.

Y, de paso, estás demostrando tu falta de empatía con su situación: ignorar a alguien solo es un arma cuando el que ignora es quien ejerce el poder. Si no, no es ignorar, es consentir.

No ayudas.

Culpa

Finalizando: con esta lista de secuelas no quiero sumir a las víctimas en la idea de que están rotas para siempre y todo lo que suceda después del acoso es obligatoriamente malo. Me considero feliz, estoy todo lo en paz que uno puede estar con esta experiencia, y puedo enumerar cosas buenas que han derivado de ella. Pero siendo consciente de que las secuelas han durado años y siguen durando; de que esto ha marcado mi carácter, mi visión de la sociedad y de mí misma, aunque ahora mismo sea una marca que no duele. Y, sobre todo, siendo consciente de que si yo estoy bien es, en parte, porque he tenido la suerte de sufrir poco dentro de lo que cabe. Otros han sufrido cosas más brutales, y a veces el daño que les han hecho es demasiado fuerte para poder sacar nada en claro, porque el mero hecho de rememorar la experiencia les bloquea en una ansiedad atroz. Y si vendemos el abuso como una lección, como un favor que les hace el acosador, la víctima que no «aprende nada», que no «aprovecha el favor», es la culpable.

Por eso, con esta lista de problemas emocionales, no quiero quitarles la esperanza de que puedan vivir mejor en el futuro, sino agradecérselo a ellas. Quiero que la sociedad agradezca a las víctimas, si logran vivir mejor. O simplemente si sobreviven. No a sus abusadores.

Y que responsabilice a ellos, a los autores del maltrato, de las secuelas.

Si algo deriva directamente del bullying, es la destrucción de tu autoestima. Y si no te la destruye, es gracias a ti. Y si ahora soy feliz, es gracias a mí, y a la suerte de no haber sufrido lo que otros. Si hubiese sido así, no sé qué sería de mi vida.

Pero los que lo han padecido son muy fuertes. No el tipo de supuesta fuerza de la que habla la afirmación del encabezado, sino una fuerza real, la fuerza de estar conviviendo con la vida que les han obligado a llevar.

Pero porque lo son ellos, no porque los capullos del mundo se lo hayan regalado como un don divino.

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