Sabemos qué lenguaje utilizar con un niño pequeño o cómo dirigirnos a un desconocido, pero nadie nos ha enseñado a hablar con una persona que contempla el suicidio, pese a que nos incomode. Es lógico. El suicidio va contra lo que algunos llaman instinto de supervivencia. Además, pueden surgir dudas sobre las consecuencias de nuestras palabras: «¿y si al mencionar el tema estamos dando ideas a quien está mal?», «¿y si lo que decimos precipita la decisión?» ¡Nada de eso! En la mayoría de los casos, el suicidio se fragua con el tiempo. No es por un comentario, un traspié o un mal día, sino que son un cúmulo de circunstancias las que hacen que se contemple, se planifique y se lleve a cabo. Hablarlo no sólo no es contraproducente sino que puede ser el primer paso para cambiar las cosas. Pero ¿cómo lo hacemos?

Preguntar directamente

Si estás preocupado por alguien, pero no sabes cómo empezar una charla para abordar un asunto tan espinoso, puedes romper el hielo preguntando «¿estás bien?». Fíjate si es una pregunta importante que es el nombre de una organización australiana dedicada a la prevención del suicidio llamada RU OK? Si durante la conversación, la persona te cuenta algo por lo que sospechas que podría estar pensando en el suicidio, no tengas miedo a preguntar. No hay una única manera correcta. Puedes hacerlo sin ambages: «¿has pensado en el suicidio?». También puedes planteárselo así: «en situaciones como la que comentas, a algunas personas les gustaría desaparecer. ¿Te pasa a ti lo mismo?». Lo que importa es que preguntes, más que las palabras en sí.

Con una actitud abierta

No es fácil hablar de estos temas. Por eso, si nos mostramos abiertos a escuchar, no sólo favorecemos que la persona se exprese sin cortapisas y experimente cierto alivio, sino también la obtención de una valiosa información para hacernos una composición de lugar sobre su situación. ¿Has oído hablar de las técnicas de escucha activa? Una de ellas es el uso de preguntas abiertas. Las preguntas abiertas son todas aquellas cuyas respuestas no son muy previsibles de antemano, al haber un abanico de posibles respuestas, es decir, las que no se contestan solo con un sí o un no, un bien o un mal, etc. Por ejemplo, si te interesa saber la ocupación de alguien, puedes preguntarle a qué se dedica o limitarte a preguntar si estudia o trabaja. La primera opción es un ejemplo de pregunta abierta; la segunda, de pregunta cerrada. ¿Con cuál crees que se consigue más información? Esto no quiere decir que las preguntas cerradas estén prohibidas, sino que es preferible que prevalezcan las preguntas abiertas. También puede resultar útil hacer un resumen con nuestras palabras de lo que hemos oído. Así, aclaramos malentendidos o simplemente comprobamos que hemos captado el mensaje transmitido por la otra parte, mientras que para nuestro interlocutor es una señal de que está siendo escuchado. Lo mismo ocurre al parafrasear, esto es, al repetir de forma más o menos literal algo de la conversación con preguntas como «¿a qué te refieres cuando dices…?» o «¿qué quieres decir con…?».

No juzgar

¿Alguna vez te has encontrado con alguien que dice eso de «si yo no estoy criticando...», pero tienes la sensación de que es justo lo contrario? Incluso sin pretenderlo, podemos llegar a hacer que la otra persona se sienta juzgada. Y si se siente así, pensará que no le entendemos y se cerrará en banda. Por eso, al preguntar a alguien si contempla el suicidio, debemos evitar hacerlo en los siguientes términos: «¿No estarás pensando en suicidarte?». La pregunta, tal y como está formulada, deja entrever una actitud condenatoria, ya que parece que se haga más para descartar un posible suicidio que por interés en la situación de la persona. En el transcurso de la conversación, hay que procurar sustituir los «deberías» o los «tendrías» por sugerencias como «¿has pensado…?» o «¿has intentado...?». A nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer cuando se está desahogando. Es posible que al escuchar determinados comentarios, no estemos de acuerdo con quien los hace, pero conviene ser cautos tratando de no contradecirle mientras nos esté contando cómo se siente, qué piensa... El foco está en su sufrimiento, no en la objetividad de su realidad. Si mostramos nuestro desacuerdo, corremos el riesgo de que la otra parte se cuestione si realmente le estamos entendiendo. Ya habrá tiempo para hacerle ver que no todo es como lo pinta.

Cuidado con el optimismo y los consejos

A veces, la buena voluntad puede jugarnos una mala pasada. Tendemos a animar o aconsejar a las personas que apreciamos cuando lo pasan mal, pero con alguien que contempla el suicidio, lo prioritario es escucharle para entenderle. No es recomendable infundir ánimos con frases como «ya verás cómo mejora». No eres el oráculo de Delfos. Las cosas no siempre mejoran. Puede que un amigo lo tome como una muestra de ánimo sin importarle que falles en tus predicciones, pero para alguien que piensa en el suicidio no es un comentario baladí. Es difícil creerse que las cosas van a mejorar cuando llevas mucho tiempo sin ver cambios, cuando has fracasado intentándolo una y mil veces. Tal vez no sea cierto, pero así es como lo ven muchas personas que están sumidas en un estado de desesperanza, algo clave para comprender el suicidio. También es frecuente mostrar empatía diciendo «te entiendo». ¡Párate un momento a reflexionar! Estando en la misma situación, ¿pensarías o actuarías igual? Puede que no. Debemos evitar entrar en comparaciones señalando que «hay gente que lo está pasando peor». Con independencia de si es verdad o no, lo único que conseguiremos es empeorar el malestar de nuestro interlocutor o, incluso, que crea que no le entendemos. Es posible que se te ocurran varias ideas para mejorar su situación, pero, al menos en un primer momento, prioriza la escucha antes que la búsqueda de soluciones. Al igual que en el caso de los desacuerdos, ya habrá tiempo para eso.

Estas pautas no tienen que ser tomadas al pie de la letra, ya que cada persona es un mundo y no existen dos conversaciones iguales. ¡Ojalá estas recomendaciones te sirvan para infundirte seguridad al hablar con alguien que piensa en el suicidio! ¡No tengas miedo!

En cualquier caso, si te preocupa una persona por este motivo o si tú mismo/a piensas en ello, acude a los profesionales de la salud mental. También puedes llamar al Teléfono de la Esperanza o a la Fundación ANAR en caso de menores.

Artículo publicado por Laura Tormo, psicóloga.

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