Sheik Umar Khan el héroe del Ébola

Seguramente de pequeño fue un niño feliz viviendo en uno de los países más pobres del mundo en el más pobre de los continentes. Es probable que tuviera la suerte de vivir con una familia con una posición social más alta que la media y, por ello, tuvo la oportunidad de ir al colegio, estudiar y jugar con sus compañeros de clase en vez de ir cada mañana a ayudar a su madre a recoger el agua.

Foto de Sheik Umar Khan

Pero esto no quita mérito a sus logros pues Sierra Leona es uno de los países más duros donde uno puede nacer, crecer y, sobretodo, estudiar. Por lo tanto, tuvo que luchar para llevar adelante su aprendizaje en un país en la que los niños deben gastar gran parte de sus energías en, simplemente, sobrevivir. Pese a todo, pese al sacrificio y las dificultades del camino, sacó buenas notas y después de bastantes años, cuando ya fue adulto, se graduó en la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud en la Universidad de Sierra Leona.

Quizás fuera un caso entre un millón, uno de esos pocos niños africanos que tienen la suerte de estudiar, de ser feliz, de labrarse un futuro prometedor en un país terriblemente hostil. Pero es que Sheik Umar Khan no fue una persona del montón: fue un héroe.

Dadas sus excelentes notas empezó a trabajar en 2001 como médico y cirujano especializado en medicina tropical y enfermedades infecciosas en el Ministerio de Salud y Sanidad de Sierra Leona hasta el 2005. Posteriormente fue promocionado para dirigir el programa sobre Fiebre de Lassa en Kenema. Entre 2010 y 2013 compaginó sus labores de dirección con su trabajo de medicina interna en el Hospital Universitario de Korle-Bu tratando enfermos y luchando por salvar la vida de miles de pacientes en un continente donde tratar a un enfermo puede llevar al médico a morir de alguna terrible enfermedad infecciosa.

Así que no es de extrañar que Umar Khan se convirtiera en uno de los mayores especialistas clínicos en tratar enfermedades como la malaria, el tifus o, incluso, el ébola. Dedicó su vida por sus pacientes y, desgraciadamente, también la dio por ellos. Durante el último brote de ébola de África trató a más de 600 personas, siendo muy consciente del peligro mortal al que se exponía y, pese a todo, no se amedrentó. Estuvo al pie del cañón en todo momento, ayudando a luchar contra esta terrible plaga con unos medios tercermundistas pero al final, el pasado 29 de julio, murió a causa de la enfermedad contra la que tanto se había enfrentado como médico.

Esquema del virus del Ébola

Una semana después fue nombrado “héroe nacional” por el Ministro de sanidad de su país.

Quizás, Umar Khan y otras decenas de miles de personas no hubieran muerto si la ignorancia y superstición no estuvieran tan arraigadas en el mundo. Una curandera y herborista que, creyendo que podía curar la enfermedad, se desplazó hasta Guinea y volvió a Sierra Leona infectada, extendiendo el ébola por ciudades con cientos de miles de habitantes.

Pero yo no quiero quedarme con el lado más oscuro de la ignorancia humana, sino con la declaración de Sheik Umar Khan pocos días antes de morir pues evidencia su valor, su entereza y su ética profesional:

Tengo miedo por mi vida, porque yo aprecio mi vida. Y si yo tengo miedo entonces debo tener el máximo de precauciones, estar vigilante y estar en guardia

¿No son estas las palabras de un valiente? ¿No es lo que diferencia a un héroe de un imprudente o estúpido? Dio su vida por lo demás, por personas desconocidas, y lo hizo consciente del riesgo. Gracias, y gracias a todos los que luchan como él en mejorar la vida de otras personas incluso poniendo en peligro la suya, no como otros, que tras la protección de la civilización occidental se atreven a proponer remedios milagrosos a personas que no han tenido la suerte de vivir en un país del primer mundo.